Poeta y basura

a

“En el jardín hay un cerezo dormido, pero parece muerto. Este otoño comenzó a sentirse apático, y la dejadez se apoderó de su espíritu. La vida, cansada de verle abúlico y desastrado, decidió que lo mejor sería que se tomaran un tiempo para reflexionar sobre su relación, y se marchó de vacaciones, dejándole en un estado de abatimiento que hizo que se fuera consumiendo poco a poco hasta que acabó por convertirse en lo que es ahora: el aletargado esqueleto de un cerezo; una osamenta de madera clavada al suelo, que solo espera que regrese la vida”.

sábado, 28 de abril de 2012

Los Vengadores

Vengo del cine de ver "Los Vengadores". Perdón, fui al cine sabiendo que iba a ver "Los Vengadores". Premonición: película con mucha pasta hecha para un público sin criterio. Crítica final: película con MUCHÍSIMA pasta hecha para un público sin criterio.

Pero seamos justos: el plantel de actores no está mal, los efectos especiales y la post-producción son acojonantes pero... ¿qué hay de la historia? Es lo mismo de siempre, solo que la maestría radica en atrapar al espectador con cantidades ingentes de balas, rayos, golpes y grandiosidades. Esto, poco a poco, está desbancando a las películas con guiones maestros, fondos magníficos o historias que merezcan la pena. Y el problema no es que no se quieran hacer, sino que los productores no inviertan en ellas tanto como en estas porque lo que deja dinero está claro qué es.

Momento de cierta brillantez: el momento con el viejo en Alemania que no quiere arrodillarse ante el líder Locki.

Cagada: se han pasado con las bromas y un humor nada refinado pero, una vez más, hecha para lo que el público quiere: reírse y aplaudir.
 
 
A pesar de todo, no disgusta: entretiene. Porque está hecha para eso, para entretener. Bueno, y para criar billetes que da gusto. La sala llena. No la vi así en "Shame", de Steve McQueen. Gran película, por cierto. 

miércoles, 25 de abril de 2012

¿Cuánto tardarían nuestras huellas en desaparecer?

- Inmediatamente: La mayoría de las especies en peligro empezarían a recuperarse.
- 24-48 horas: La contaminación lumínica se acabaría.
- 3 meses: La polución atmosférica (nitrógeno y óxidos de azufre) se va reduciendo.
- En 10 años: Desaparecería el metano de la atmósfera.
-En 20 años: Las carreteras rurales y pueblos quedarían cubiertos por la vegetación. Desaparecen las cosechas genéticamente modificadas.
- En 50 años: Se recupera la población de especies marinas. Desaparecen los nitratos y fosfatos del agua.
- Entre 50 y 100 años: Las calles y edificios de las ciudades quedan cubiertos por la vegetación.
- 100 años: Los edificios de madera se desmoronan.
- 100 a 200 años: Los puentes se caen.
- En 200 años: Los edificios de metal y cristal se desmoronan; el cinturón de grano de los Estados Unidos vuelve a ser una pradera.
- En 250 años: Las presas se derrumban.
- En 500 años: Los corales se regeneran.
- Entre 500 y 1.000 años: la mayoría del contenido orgánico de los vertederos se descompone.
- 1.000 años: La mayoría de los edificios de ladrillo, piedra y cemento han desaparecido; el dióxido de carbono en la atmósfera vuelve a sus niveles pre-industriales.
- 50.000 años: La mayoría de los plásticos y cristales se descomponen.
- Después de 50.000 años la existencia de la humanidad queda marcada básicamente por sólo algunos restos arqueológicos…
- Pero algunos productos químicos fabricados por el hombre sólo desaparecerían después de 200.000 años y la basura radiactiva puede seguir siendo mortal durante hasta dos millones de años.

sábado, 21 de abril de 2012

Primavera

Como grazno de lluvia, como una playa seca,
como los buitres que acechan al ocaso de la vida,
esperan los lobos ser acariciados por la niebla,
que la hora de bailar con las estrellas no está escrita.


Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados

 

domingo, 8 de abril de 2012

Phantom Camera


Llevo meses obnubilado con los vídeos ultra slow motion grabados con Canons 5D y 7D, con la RedCam o, especialmente, con la Phantom Flex (esta se usa ahora mucho en el fútbol).

El secreto está en que estas cámaras graban con una cantidad superior de fotogramas por segundo y, después, editando los vídeos con plug-ins como el "Twixtor", para el After Effects, quedan resultados como los de el vídeo que incrusto. Me llama muchísimo la atención ver con tanto detenimiento las cosas porque nuestra noción de tiempo no nos permite percibirlo como se ve aquí. El tiempo, qué gran misterio. ¿Cuándo empezó el tiempo?

PD: ampliad la pantalla al máximo.

jueves, 5 de abril de 2012

Simon Sinek

Hace un par de semanas, el amigo Víctor me mandó una de esas conferencias magistrales que acostumbran a darse en el TED (de ahí salió la famosa de Sir Ken Robinson "¿Matan las escuelas la creatividad?"). La que mandó tampoco tiene desperdicio. En ella, el ponente, Simon Sinek, formula una sencilla teoría en "How great leaders inspire actions" (cómo los grandes líderes inspiran acciones). Y es cierto. Es muy importante por qué haces algo, si por el resultado o por la idea. Desde Martin Luther King hasta Apple, pasando por los hermanos Wright, explica el por qué de su "golden circle".

PD: se entiende genial en inglés, pero podéis activar los subtítulos en la ventanita de Youtube, donde pone "CC".

lunes, 2 de abril de 2012

I want to be a pilot

"I want to be a pilot". Una de las mejores, y más duras, voice in off que he escuchado. Ese es el título de un poema y de un corto que refleja la realidad de los niños de Nairobi. Para esa película se entrevistaron a 50 niños huérfanos de la escuela Raila y su historia se condensó en el poema. En la película se ve el típico día de uno de esos niños: Omondi. Da la casualidad de que este verano, probablemente, vaya a Nairobi. Qué realidad tan distinta de la que ven aquellos que visitan Kenya para ir de safari...


I want to be a pilot

My name is Omondi
It means that when I was born
I woke up my mother
early in the morning.

I am twelve years old.
I live in Kibera
the biggest slum in East Africa.

My last meal
was on Sunday
today is Wednesday

I want to be a pilot
to fly very high,
far away from the ghetto

to a place
where kids have parents
that don’t die of HIV
everyday

to a place far away
where guardians of orphan kids
cannot abuse us
everyday

to a place far away
where goats eat
things other than trash
to a place far away
where I am treated
as well as white people are.

I want to be a pilot
to wear a uniform
and fly very high

to a place far away
where I don’t need
charity from distant lands

to a place far away
where white men in white coats
cannot test medicines on us

to a place far away
where the leaders we elected
stop filling their pockets
and start caring for us

to a place far away
where there are lots of school books
so one day

I can fly
far away.

I want to be a pilot.
It must feel so good
to go places

where I can walk barefoot
on the green grass

where water is clean
with rivers and springs

where I can feel the sun
shining on me.

It must feel so good

to fly far away
to a place where I don’t have
to dig through garbage
for metal scraps to sell

to a place where I have clothes to wear
when it’s cold and wet

to a place that when it rains
it doesn’t smell so bad.

I want to be a pilot.
So I can fly very
very high

to take off
and land
where my dreams are

to a place far away
where God just loves me
and churches are just

the mountains
the trees
the rivers

Yes
My dream is to fly far away
to a place
where my suffering can end.

I want to be a pilot
to wear a uniform
to go places

where others are not afraid
to play with me
because I am HIV positive

where I can lead a simple life
where I can eat at least once a day
where there is a future.

I want to be a pilot
so I can fly
to a place far away
where my mum and dad are

so they can hug me
so they can kiss me
so they can love me

so I can hug them
so I can kiss them
so I can love them

thank you

Diego Quemada-Diez, Kibera 2004

martes, 27 de marzo de 2012

"El muerto", de Borges

Algo harto de escuchar adular a Pérez-Reverte y discrepando con una amiga de "La reina del Sur", (libro cuyo paso a la pequeña y gran pantalla ha provocado gran polémica en México y que no me llegué a acabar), recordé un buen cuento de Borges incluido en el "El Aleph" sobre algo parecido pero contando con magistral puño. Juzguen ustedes mismos.

Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de la frontera del Brasil y llegue a capitán de contrabandistas, parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así, quiero contarles el destino de Benjamin Otálora, de quien acaso no perdura un recuerdo en el barrio de Balvanera y que murió en su ley, de un balazo, en los confines de Río Grande do Sul. Ignoro los detalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora, este resumen puede ser útil.

Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso.

Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con que se produjo. Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una farra y luego a un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto. En el último patio, que es de tierra, los hombres tienden su recado para dormir. Oscuramente, Otálora compara esa noche con la anterior; ahora ya pisa tierra firme, entre amigos. Lo inquieta algún remordimiento, eso sí, de no extrañar a Buenos Aires. Duerme hasta la oración, cuando lo despierta el paisano que agredió, borracho, a Bandeira. (Otálora recuerda que ese hombre ha compartido con los otros la noche de tumulto y de júbilo y que Bandeira lo sentó a su derecha y lo obligó a seguir bebiendo.) El hombre le dice que el patrón lo manda buscar. En una suerte de escritorio que da al zaguán (Otálora nunca ha visto un zaguán con puertas laterales) está esperándolo Azevedo Bandeira, con una clara y desdeñosa mujer de pelo colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa de caña, le repite que le está pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Norte con los demás a traer una tropa. Otálora acepta; hacia la madrugada están en camino, rumbo a Tacuarembó.

Empieza entonces para Otálora una vida distinta, una vida de vastos amaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos. Otálora se ha criado en los barrios del carrero y del cuarteador; antes de un año se hace gaucho. Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, a carnear, a manejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir el sueño, las tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito. Sólo una vez, durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira, pero lo tiene muy presente, porque ser hombre de Bandeira es ser considerado y temido, y porque, ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lo hace mejor. Alguien opina que Bandeira nació del otro lado del Cuareim, en Rio Grande do Sul; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece de selvas populosas, de ciénagas, de inextricable y casi infinitas distancias. Gradualmente, Otálora entiende que los negocios de Bandeira son múltiples y que el principal es el contrabando. Ser tropero es ser un sirviente; Otálora se propone ascender a contrabandista. Dos de los compañeros, una noche, cruzarán la frontera para volver con unas partidas de caña; Otálora provoca a uno de ellos, lo hiere y toma su lugar. Lo mueve la ambición y también una oscura fidelidad. Que el hombre (piensa) acabe por entender que yo valgo más que todos sus orientales juntos.

Otro año pasa antes que Otálora regrese a Montevideo. Recorren las orillas, la ciudad (que a Otálora le parece muy grande); llegan a casa del patrón; los hombres tienden los recados en el último patio. Pasan los días y Otálora no ha visto a Bandeira. Dicen, con temor, que está enfermo; un moreno suele subir a su dormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le encomiendan a Otálora esa tarea. Éste se siente vagamente humillado, pero satisfecho también.

El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al poniente, hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y de armas blancas, hay un remoto espejo que tiene la luna empañada. Bandeira yace boca arriba; sueña y se queja; una vehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco parece disminuirlo y oscurecerlo; Otálora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los años. Lo subleva que los esté mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta de él. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer de pelo rojo; está a medio vestir y descalza y lo observa con fría curiosidad. Bandeira se incorpora; mientras habla de cosas de la campaña y despacha mate tras mate, sus dedos juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le da licencia a Otálora para irse.

Días después, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia perdida, que está como en cualquier lugar de la interminable llanura. Ni árboles ni un arroyo la alegran, el primer sol y el ú ltimo la golpean. Hay corrales de piedra para la hacienda, que es guampuda y menesterosa. El Suspiro se llama ese pobre establecimi ento.

Otálora oye en rueda de peones que Bandeira no tardará en llegar de Montevideo. Pre gunta por qué; alguien aclara que hay un forastero agauchado que está queriendo mandar demasiado. Otálora com prende que es una broma, pero le halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, después, que Bandeira se ha enemistado con uno de los jefes políticos y que éste le ha retirado su apoyo. Le gusta esa noticia.

Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata para el aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de las cuchillas, una mañana, un jinete sombrío, de barba cerrada y de poncho. Se llama Ulpiano Suárez y es el capanga o guardaespaldas de Azevedo Bandeira. Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otálora no sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso sí, que para el plan que está maquinando tiene que ganar su amistad.

Entra después en el destino de Benjamín Otálora un colorado cabos negros que trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona con bordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón y por eso lo codicia el muchacho, que llega también a desear, con deseo rencoroso, a la mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el colorado son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a destruir.

Aquí la historia se complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es diestro en el arte de la intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas; Otálora resuelve aplicar ese método ambiguo a la dura tarea que se propone. Resuelve suplantar, lentamente, a Azevedo Bandeira. Logra, en jornadas de peligro común, la amistad de Suárez. Le confía su plan; Suárez le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendo después, de las que sé unas pocas. Otálora no obedece a Bandeira; da en olvidar, en corregir, en invertir sus órdenes. El universo parece conspirar con él y apresura los hechos. Un mediodía, ocurre en campos de Tacuarembó un tiroteo con gente riograndense; Otálora usurpa el lugar de Bandeira y manda a los orientales. Le atraviesa el hombro una bala, pero esa tarde Otálora regresa al Suspiro en el colorado del jefe y esa tarde unas gotas de su sangre manchan la piel de tigre y esa noche duerme con la mujer de pelo reluciente. Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido en un solo día.

Bandeira, sin embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da órdenes que no se ejecutan; Benjamín Otálora no lo toca, por una mezcla de rutina y de lástima.

La última escena de la historia corresponde a la agitación de la última noche de 1894. Esa noche, los hombres del Suspiro comen cordero recién carneado y beben un alcohol pendenciero. Alguien infinitamente rasguea una trabajosa milonga. En la cabecera de la mesa, Otálora, borracho, erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de vértigo es un símbolo de su irresistible destino. Bandeira, taciturno entre los que gritan, deja que fluya clamorosa la noche. Cuando las doce campanadas resuenan, se levanta como quien recuerda una obligación. Se levanta y golpea con suavidad a la puerta de la mujer. Ésta le abre en seguida, como si esperara el llamado. Sale a medio vestir y descalza. Con una voz que se afemina y se arrastra, el jefe le ordena:

-Ya que vos y el porteño se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un beso a vista de todos.

Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos hombres la han tomado del brazo y la echan sobre Otálora. Arrasada en lágrimas, le besa la cara y el pecho. Ulpiano Suárez ha empuñado el revólver. Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.

Suárez, casi con desdén, hace fuego.

jueves, 15 de marzo de 2012

Luces de ciudad

Mañana los pájaros cantarán
aunque nadie los escuche,
tiñendo de esperanza
el oído de los hombres.

Mil veces matarían aquellos
que esculpen corazones;
mil y una los que a sí mismos
aún se buscan.

¡Luz dichosa y luz de harina!
La lucha recién empieza,
muerta en ojos es la Luna.


Hermanito, que yo nací bañado
en sangre, misma sangre
que mi aire anega.
Hermanito, que en la jungla
hay salvajes. Sé cauto, te lo ruego.


Luces de ciudad huyen
bailando por el mar;
luces de marfil en esta
metrópoli maldita.


Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados

El viaje íntimo de la locura