“En el jardín hay un cerezo dormido, pero parece muerto. Este otoño comenzó a sentirse apático, y la dejadez se apoderó de su espíritu. La vida, cansada de verle abúlico y desastrado, decidió que lo mejor sería que se tomaran un tiempo para reflexionar sobre su relación, y se marchó de vacaciones, dejándole en un estado de abatimiento que hizo que se fuera consumiendo poco a poco hasta que acabó por convertirse en lo que es ahora: el aletargado esqueleto de un cerezo; una osamenta de madera clavada al suelo, que solo espera que regrese la vida”.
Recuerdo que, hace un par de años, estaba leyendo en casa un libro de "Poesía Extremeña" que había financiado la Junta de Extremadura. Aunque la mayoría de los versos me caían en saco roto (no sé cómo no pusieron nada de Francisco Aldana), mereció la pena el tiempo invertido en uno de los poemas: "Razón de la vigilia", de Benito Acosta. Esta pieza la transcribí palabra a palabra porque no la encontré en Internet y, ciertamente, aunque me recuerda en algunos atisbos al "Don de la ebriedad" de Claudio Rodríguez, encierra un halo de misterio, un grito desgarrado al cielo envuelto en seda.
Nacido en Zalamea de la Serena en 1937, entró en el Seminario de San Atón (Badajoz) el año 1952 y se ordenó presbítero el 7 de abril de 1962. Diferencias muy serias con el Obispo le hicieron pedir traslado a la diócesis de Málaga, donde vivió los mejores años de su vida como párroco de Mollina.
Yo repaso mis años y recuento los días y las horas instaladas en mi respiración y observo algunas
costumbres de vivir donde habitaban entonces emociones. Pero algo transfiguraba mis fotografías mientras faltaba tiempo para todo y esperaba los rostros y paisajes a pleno sol o en bares de relojes lentísimos, y fui llenando toda mi estatura de mí penosamente hasta llegar a respirarme en días de cielo tan glorioso que flotaba sobre la mansedumbre de las nubes. Después vinieron días destinados al olvido global con argumentos esenciales salvados en pateras de consistencia milagrosa, días de vigilante voluntad de ser en medio de la asfixia, de sentirme fuera del huracán sin voz ni voto, o tan sólo con voz tal vez, ahogada por gritos en papeles que la tierra conduce, inexorable, al primigenio limo. Y, en tanto, laboraba algo la arcilla de mi piel con comisuras irreversibles y algo convocaba en mi interior a ausencias sin remedio. Eran días iguales. Maravilla pensar que tantas cosas sucedieran dentro y fuera de mí; que algo, de pronto, sin historia aparente, comenzara a fallar, el oído, la columna, la vista, la tensión, y en el espejo era difícil designar al niño que se asombró del rostro que guardaba desconocidas cifras en sus ojos. Ahora en mi tertulia se ha sentado, silenciosa, la muerte. No sostiene conversación alguna ni demuestra sentimientos ni prisa. Está presente y mira o no y escucha o no y observa no el reloj de todo lo empezado para poner tan torpemente a salvo tanto dolor de noches intentando dictar a mis papeles cómo arde todo mi ser de enigmas amorosos y terribles, y miro en vano el ceño de su rostro –ya sé que, sin que valga apelación, pronunciará mi nombre y todo quedará inconcluso– y diluye su presencia en el trajín del día. Yo por eso perfilo el inventario de mis calles, silencios, olas y constelaciones; anoto luz por luz todas mis horas y nube a nube los atardeceres más lejanos y siento que es un campo sagrado, un equipaje que no tiene ninguna otra criatura, y que no puedo dejar a la intemperie de la muerte. Benito Acosta
Aprovechando que estoy viviendo en Argentina hasta Navidad, me he acordado de un poema que descubrí en un concierto de rap con jazz (Rafael Lechowski & Glaç Jazz). Fue emocionante sentirlo. El uruguayo Benedetti crea un ambiente único en el que el lector llega incluso a empatizar con los chupasangres. Grandísima metáfora. Lo acompaño con la enorme canción del grupo malagueño Tabletom de "El vampiro", cuya calidad y letra son tremendas también.
Era un vampiro que sorbía agua por las noches y por las madrugadas al mediodía y en la cena.
Era abstemio de sangre y por eso el bochorno de los otros vampiros y de las vampiresas.
Contra viento y marea se propuso fundar una bandada de vampiros anónimos, hizo campaña bajo la menguante, bajo la llena y la creciente sus modestas pancartas proclamaban, vampiros beban agua la sangre trae cáncer.
Es claro los quirópteros reunidos en su ágora de sombras opinaron que eso era inaudito, aquel loco aquel alucinado podía convencer a los vampiros flojos, esos que liban boldo tras la sangre.
De modo que una noche con nubes de tormenta, cinco vampiros fuertes sedientos de hematíes, plaquetas, leucocitos, rodearon al chiflado, al insurrecto, y acabaron con él y su imprudencia.
Cuando por fin la luna pudo asomarse vio allá abajo el pobre cuerpo del vampiro anónimo, con cinco heridas que manaban, formando un gran charco de agua, lo que no pudo ver la luna fue que los cinco ejecutores se refugiaban en un árbol y a su pesar reconocían que aquello no sabía mal.
Desde esa noche que fue histórica ni los vampiros, ni las vampiresas, chupan más sangre, resolvieron por unanimidad pasarse al agua.
Como suele ocurrir en estos casos el singular vampiro anónimo es venerado como un mártir.
Recién leí este poema de Lorca elogiando al grandísimo Dalí. Muy de su estilo neoyorkino el principio, más romancero el final.
Una rosa en el alto jardín que tú deseas. Una rueda en la pura sintaxis del acero. Desnuda la montaña de niebla impresionista. Los grises oteando sus balaustradas últimas.
Los pintores modernos en sus blancos estudios, cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada. En las aguas del Sena un ice-berg de mármol enfría las ventanas y disipa las yedras.
El hombre pisa fuerte las calles enlosadas. Los cristales esquivan la magia del reflejo. El Gobierno ha cerrado las tiendas de perfume. La máquina eterniza sus compases binarios.
Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos yerra por los tejados de las casas antiguas. El aire pulimenta su prisma sobre el mar y el horizonte sube como un gran acueducto.
Marineros que ignoran el vino y la penumbra, decapitan sirenas en los mares de plomo. La Noche, negra estatua de la prudencia, tiene el espejo redondo de la luna en su mano.
Un deseo de formas y límites nos gana. Viene el hombre que mira con el metro amarillo. Venus es una blanca naturaleza muerta y los coleccionistas de mariposas huyen.
* * *
Cadaqués, en el fiel del agua y la colina, eleva escalinatas y oculta caracolas. Las flautas de madera pacifican el aire. Un viejo dios silvestre da frutas a los niños.
Sus pescadores duermen, sin ensueño, en la arena. En alta mar les sirve de brújula una rosa. El horizonte virgen de pañuelos heridos, junta los grandes vidrios del pez y de la luna.
Una dura corona de blancos bergantines ciñe frentes amargas y cabellos de arena. Las sirenas convencen, pero no sugestionan, y salen si mostramos un vaso de agua dulce.
* * *
¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada! No elogio tu imperfecto pincel adolescente ni tu color que ronda la color de tu tiempo, pero alabo tus ansias de eterno limitado.
Alma higiénica, vives sobre mármoles nuevos. Huyes la oscura selva de formas increíbles. Tu fantasía llega donde llegan tus manos, y gozas el soneto del mar en tu ventana.
El mundo tiene sordas penumbras y desorden, en los primeros términos que el humano frecuenta. Pero ya las estrellas ocultando paisajes, señalan el esquema perfecto de sus órbitas.
La corriente del tiempo se remansa y ordena en las formas numéricas de un siglo y otro siglo. Y la Muerte vencida se refugia temblando en el círculo estrecho del minuto presente.
Al coger tu paleta, con un tiro en un ala, pides la luz que anima la copa del olivo. Ancha luz de Minerva, constructora de andamios, donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.
Pides la luz antigua que se queda en la frente, sin bajar a la boca ni al corazón del bosque. Luz que temen las vides entrañables de Baco y la fuerza sin orden que lleva el agua curva.
Haces bien en poner banderines de aviso, en el límite oscuro que relumbra de noche. Como pintor no quieres que te ablande la forma el algodón cambiante de una nube imprevista.
El pez en la pecera y el pájaro en la jaula. No quieres inventarlos en el mar o en el viento. Estilizas o copias después de haber mirado, con honestas pupilas sus cuerpecillos ágiles.
Amas una materia definida y exacta donde el hongo no pueda poner su campamento. Amas la arquitectura que construye en lo ausente y admites la bandera como una simple broma.
Dice el compás de acero su corto verso elástico. Desconocidas islas desmiente ya la esfera. Dice la línea recta su vertical esfuerzo y los sabios cristales cantan sus geometrías.
* * *
Pero también la rosa del jardín donde vives. ¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros! Tranquila y concentrada como una estatua ciega, ignorante de esfuerzos soterrados que causa.
Rosa pura que limpia de artificios y croquis y nos abre las alas tenues de la sonrisa (Mariposa clavada que medita su vuelo). Rosa del equilibrio sin dolores buscados. ¡Siempre la rosa!
* * *
¡Oh, Salvador Dalí de voz aceitunada! Digo lo que me dicen tu persona y tus cuadros. No alabo tu imperfecto pincel adolescente, pero canto la firme dirección de tus flechas.
Canto tu bello esfuerzo de luces catalanas, tu amor a lo que tiene explicación posible. Canto tu corazón astronómico y tierno, de baraja francesa y sin ninguna herida.
Canto el ansia de estatua que persigues sin tregua, el miedo a la emoción que te aguarda en la calle. Canto la sirenita de la mar que te canta montada en bicicleta de corales y conchas.
Pero ante todo canto un común pensamiento que nos une en las horas oscuras y doradas. No es el Arte la luz que nos ciega los ojos. Es primero el amor, la amistad o la esgrima.
Es primero que el cuadro que paciente dibujas el seno de Teresa, la de cutis insomne, el apretado bucle de Matilde la ingrata, nuestra amistad pintada como un juego de oca.
Huellas dactilográficas de sangre sobre el oro, rayen el corazón de Cataluña eterna. Estrellas como puños sin halcón te relumbren, mientras que tu pintura y tu vida florecen.
No mires la clepsidra con alas membranosas, ni la dura guadaña de las alegorías. Viste y desnuda siempre tu pincel en el aire frente a la mar poblada de barcos y marinos.
Este time-lapse es, sin lugar a dudas, el mejor que he visto. Quien conozca la ciudad, lo disfrutará más aún. Es un auténtico espectáculo de luces, color y vitalidad de la metrópoli que magistralmente Lorca describió. Lo acompaño de su "Aurora de Nueva York", llevada a música por Loquillo y una pieza fundamental de la poesía española.
La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno y
un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas.
La
aurora de Nueva York gime por las inmensas escaleras buscando entre las
aristas nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe
en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible: a veces las
monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados
niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá
paraísos ni amores deshojados; saben que van al cieno de números y
leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada
por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces. por los
barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio
de sangre.
¿No es maravilloso que me entre este pedazo de poema para un examen?
- TRADUCCIÓN 1:
Del deambular de las barras se ha cansado tanto su mirada, que ya nada retiene. Es como si hubiera mil barras y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.
El suave andar de pasos flexibles y fuertes, que gira en el más pequeño círculo, es como una danza de fuerza entorno un centro en el que se yergue una gran voluntad dormida.
Sólo a veces se abre mudo el velo de las pupilas. Entonces las penetra una imagen, recorre la tensa quietud de sus miembros y en el corazón su existencia acaba.
- TRADUCCIÓN 2: Su mirada, cansada de ver pasar las rejas, ya no retiene nada más. Cree que el mundo está hecho de miles de rejas y, más allá, la nada.
Con su caminar blando, pasos flexibles y fuertes, gira en redondo en un círculo estrecho; al igual que una danza de fuerzas en torno a un centro en el que, alerta, reside una voluntad imponente.
Algunas veces, se alza el telón de sus párpados, mudo. Una imagen viaja hacia dentro, recorre la calma en tensión de sus miembros y, cuando cae en su corazón, se funde y desvanece.
Se me suele decir que escriba bajándome de la nube, abandonando mi tono de epopeya, mi aura de leyenda, usando un vocabulario más accesible, más de a pie de calle. Yo, me niego. Tenemos un idioma que ofrece posibilidades ilimitadas; ergo, hay que explotarlo, lo cual no quiere decir que con palabras sencillas, se hagan tan grandísimos poemas como este del barcelonés Jesús Lizano.
Mi madre decía: a mí me gustan las personas rectas
A mí me gustan las personas curvas, las ideas curvas, los caminos curvos, porque el mundo es curvo y la tierra es curva y el movimiento es curvo; y me gustan las curvas y los pechos curvos y los culos curvos, los sentimientos curvos; la ebriedad: es curva; las palabras curvas: el amor es curvo; ¡el vientre es curvo!; lo diverso es curvo. A mí me gustan los mundos curvos; el mar es curvo, la risa es curva, la alegría es curva, el dolor es curvo; las uvas: curvas; las naranjas: curvas; los labios: curvos; y los sueños; curvos; los paraísos, curvos (no hay otros paraísos); a mí me gusta la anarquía curva. El día es curvo y la noche es curva; ¡la aventura es curva! Y no me gustan las personas rectas, el mundo recto, las ideas rectas; a mí me gustan las manos curvas, los poemas curvos, las horas curvas: ¡contemplar es curvo!; (en las que puedes contemplar las curvas y conocer la tierra); los instrumentos curvos, no los cuchillos, no las leyes: no me gustan las leyes porque son rectas, no me gustan las cosas rectas; los suspiros: curvos; los besos: curvos; las caricias: curvas. Y la paciencia es curva. El pan es curvo y la metralla recta. No me gustan las cosas rectas ni la línea recta: se pierden todas las líneas rectas; no me gusta la muerte porque es recta, es la cosa más recta, lo escondido detrás de las cosas rectas; ni los maestros rectos ni las maestras rectas: a mí me gustan los maestros curvos, las maestras curvas. No los dioses rectos: ¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos! El baño es curvo, la verdad es curva, yo no resisto las verdades rectas. Vivir es curvo, la poesía es curva, el corazón es curvo. A mí me gustan las personas curvas y huyo, es la peste, de las personas rectas.
"I want to be a pilot". Una de las mejores, y más duras, voice in off que he escuchado. Ese es el título de un poema y de un corto que refleja la realidad de los niños de Nairobi. Para esa película se entrevistaron a 50 niños huérfanos de la escuela Raila y su historia se condensó en el poema. En la película se ve el típico día de uno de esos niños: Omondi. Da la casualidad de que este verano, probablemente, vaya a Nairobi. Qué realidad tan distinta de la que ven aquellos que visitan Kenya para ir de safari...
I want to be a pilot
My name is Omondi It means that when I was born I woke up my mother early in the morning.
I am twelve years old. I live in Kibera the biggest slum in East Africa.
My last meal was on Sunday today is Wednesday
I want to be a pilot to fly very high, far away from the ghetto
to a place where kids have parents that don’t die of HIV everyday
to a place far away where guardians of orphan kids cannot abuse us everyday
to a place far away where goats eat things other than trash to a place far away where I am treated as well as white people are.
I want to be a pilot to wear a uniform and fly very high
to a place far away where I don’t need charity from distant lands
to a place far away where white men in white coats cannot test medicines on us
to a place far away where the leaders we elected stop filling their pockets and start caring for us
to a place far away where there are lots of school books so one day
I can fly far away.
I want to be a pilot. It must feel so good to go places
where I can walk barefoot on the green grass
where water is clean with rivers and springs
where I can feel the sun shining on me.
It must feel so good
to fly far away to a place where I don’t have to dig through garbage for metal scraps to sell
to a place where I have clothes to wear when it’s cold and wet
to a place that when it rains it doesn’t smell so bad.
I want to be a pilot. So I can fly very very high
to take off and land where my dreams are
to a place far away where God just loves me and churches are just
the mountains the trees the rivers
Yes
My dream is to fly far away to a place where my suffering can end.
I want to be a pilot to wear a uniform to go places
where others are not afraid to play with me because I am HIV positive
where I can lead a simple life where I can eat at least once a day where there is a future.
I want to be a pilot so I can fly to a place far away where my mum and dad are
so they can hug me so they can kiss me so they can love me
so I can hug them so I can kiss them so I can love them
Canción pera una noche llena de luna. Las mieles del éxito tienen su precio, como el deseo de ser piel roja. ¿Pagarlo? No cabe duda. Salve.
Ojalá que los cielos te den su favor
y, si crees en un dios, te crea:
las palabras que pueden hacer comprender
hacen daño y hay que ir a por ellas.
Cuando la dignidad es un Judas traidor
y la paz una falsa moneda,
no queda más remedio que agarrar el timón
o naufragar en esta tormenta.
Sostendré esta canción hasta que la verdad
me derrote y me cierre los labios.
Entonces mi soledad será profunda y cruel
y pondré mi guitarra en tus manos.
Es sencillo cantar por cantar, y cantar
escondiendo sonrisas a medias.
Es muy fácil cantar sin mancharse y triunfar
como un simple muñeco de cuerda.
Están comprando conciencias como mineral:
combustible de tumbas abiertas.
Es más fácil obedecer a un general
que saber a qué pueblo condena.
Sostendré esta canción hasta que la verdad
me derrote y me cierre los labios.
Entonces mi soledad será profunda y cruel
y pondré mi guitarra en tus manos.
Si uno pudiera ser un piel roja
siempre alerta, cabalgando sobre un
caballo veloz, a través del viento,
constantemente sacudido sobre la
tierra estremecida, hasta arrojar las
espuelas porque no hacen falta espuelas,
hasta arrojar las riendas porque
no hacen falta riendas, y apenas viera
ante sí que el campo era una pradera rasa,
habrían desaparecido las crines
y la cabeza del caballo. F. Kafka,El deseo de ser piel roja, en Contemplación, 1913
Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo ―esto es un don―, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
Antes de empezar, es necesario señalar que, en “El don de la ebriedad”, el zamorano Claudio Rodríguez plasma en sus versos características de la lírica que la hacen brillar por lo que es.
Técnicamente, este poema presenta ciertos rasgos que no pueden ser pasados por alto. En primer lugar, queda patente y consagrado el detenimiento del tiempo, el alto del transcurso de un inalienable devenir, el carácter tempestivo pausado inherente al género lírico. El poeta nos está mostrando el momento exacto en el que siente algo, tal y como queda demostrado, por ejemplo, en:
“Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra. Como yo, como todo lo que espera.”
De esta forma, el autor desgarra su “yo interior” y lo plasma en las presentes líneas. Resulta imprescindible percatarse de que, al escribirlo, el momento en el que lo sintió ya ha pasado. El poeta se halla, en un estado de calma, tratando de imitar la sensación experimentada, procurando materializarlo en palabras en aras de ser capaz de transmitirlo. En mi opinión, su “yo ahora” conoció un cénit, de entre muchos, antes de escribir y, aunque pueda que erre en tal afirmación, me declaro partícipe de la idea de que jamás los productos de la mímesis se equipararán a la certeza de la realidad vivida. Normal Mailer sostenía que la densidad poética de la lírica radicaba en el detenimiento del tiempo. Si esto es cierto, consecuentemente podemos decir que “El don de la ebriedad” ostenta una densidad considerable. En segundo lugar, la estética juega un papel relevante, pues si la unimos a la connotación que encierra y con la que nos transmite sensaciones (véase “¿Quién hace menos creados cada vez a los seres? / ¿Qué alta bóveda los contiene en su amor?”), nos percatamos de que todo adjetivo desempeña una función específica. Se podría pensar que algunos son gratuitos pero, sin embargo, no es cierto. Su colocación se encuentra lejos de ser arbitraria: están ahí porque el poeta quiso, porque quería transmitir un mensaje de ese modo y no de otro, porque deseó que su trabajo, traducido en un conjunto de símbolos, signos y objetos estéticos, fuese gestado de esa manera. Si resulta verdadera la sentencia de que la poeticidad de una obra se encuentra en la cantidad de connotaciones que despierta, la que ahora escrutamos sería el despertador de las connotaciones. En tercer lugar, es preciso abordar que, en relación con lo mencionado anteriormente y con la teoría de la creación de Bécquer, probablemente el poeta cuando escribe no siente con los nervios sino de una manera artificial, ya que el sentimiento fue interior y, todo lo que inspiró, cosa pasada. A mi parecer, se puede incluso apreciar, como hacía el romántico, una relación con la mujer (“Si tú la luz te la has llevado toda, / ¿cómo voy a esperar nada del alba?”), ya que, en algunos versos, deja caer preguntas que no precisan respuesta, causadas por el amor y para dar respuesta a instintos, sueños, pasiones, etc. En cuarto lugar, en cuanto a los aspectos estilísticos, estimo que en “El don de la ebriedad” se mezclan los tres aspectos de la mente humana, ya que parece que Claudio Rodríguez primero sintió, luego experimentó sentimientos hacia otro/a y hacia sí mismo y acabó uniéndolo todo en el aspecto imaginativo. Además, los tres últimos versos (“ebria persecución, claridad sola / mortal como el abrazo de las hoces, / pero abrazo hasta el fin que nunca afloja”), desprenden, una vez más, desde la más pura opinión subjetiva, cierto regusto existencialista, un amargo buqué en el que el poeta aparentemente atravesó una locura, un delirio que le ata al incandescente recuerdo de que ineludiblemente se es mortal, de que ni aflojará ni amainará jamás nuestra naturaleza transitoria, que el final acaba siendo un abrazo a lo incondicional a la, en definitiva, ley de vida y muerte.
En conclusión y a modo de cierre, conviene señalar dos puntos: por un lado, se está narrando no lo sucedido, sino lo que podría suceder según lo verosímil y lo necesario y, por otro, Claudio Rodríguez está claramente transformando el mundo como más le gusta, aferrándose a algo fuera del contexto artístico y esculpiendo maravillas con ello.
Nítsuga Sotso Anibor (comentario de fin de semestre para Literatura)
Y volvemos a las andadas. Hacía tiempo que no publicaba nada acerca de mi grupo favorito: Extremoduro. Y, de repente, estudiando un examen de Hacienda Pública a las 6 de la mañana se me vino esta canción a la cabeza. No solo me trae muy buenos recuerdos sino que también es una pieza curiosa. Al principio, se adentra en un halo de misterio, pasando más tarde al rock del bueno para luego terminar con, a mi parecer, un dulce final. Es lo que me gusta tanto de las letras de Robe, que pueden parecer simples pero entrañan más significado del que a priori se pueda escrutar. En mi opinión, no hay nada más maestro como llevar al lector a un sitio muy hondo con pocas palabras, es decir, es como ser arrastrado hasta el fondo del mar con una piedrecita atada al pantalón. Guten Apetit.
Atraviesa ya
la cortina gris;
deja de pensar,
nunca estás aquí.
Encuéntrame al salir de tus juegos de azar,
empiézate a reír y dame de fumar;
y en mi corazón no busques nunca una razón:
sólo sé vivir siempre fuera de control.
Y acompáñame si quieres hacer que me sienta bien
y ponte del revés si quieres hacer que te sienta bien.
Me sube y me siento encima de las nubes,
me cuentan que tienen ganas de tormenta,
qué importa si las noches se nos hacen cortas,
me mira y hasta las palabras se me olvidan.
Y cuando sale, el Sol empieza a bailar;
y cuando ríe, el mundo entero me da igual.
Y al despertar se acabó la primavera,
y al día siguiente la cabeza no deja de girar.
Repetiremos un sábado cualquiera,
nos hablarán las estrellas en cualquier lugar.
Salud, Mariposa. El bosque es demasiado oscuro y profundo; pero tengo promesas que cumplir y mucho que viajar antes de poder dormir. ¿Me oíste, Mariposa? Mucho que viajar antes de poder dormir.
"Good shit". Dejando la jerga a un lado y tras haber buscado información sobre Lord Tennyson, esta magnífica pieza exhala un elemento volitivo que vomita el desperado deseo de que alguien permanezca a su lado. Encontramos caudaloso simbolismo pero, sin embargo, un servidor lo interpreta como un conjunto de pensamientos o anhelos que acribillan la cabeza al autor obligándole a aliviar el dolor evadiéndose mediante la plasmación de versos en papel, lo cual no deja de ser un mal común en poetas. Me refiero a ese resquemor, a esa migraña, a esa jaqueca que te guiará de la mano a la más exarcebada locura o la más profunda tristeza; o ese odio infundado que se apodera de uno y se lamenta y maldice por lo injusto de nuestra existencia. Esta es, a mi parecer, la causa del poema. Rest In Peace.
Permanece a mi lado cuando se apague mi luz,
y la sangre se arrastre;
y mis nervios se alteren con punzadas dolientes.
y el corazón enfermo,
y las ruedas del ser giren lentamente.
Permanece a mi lado,
cuando a mi frágil cuerpo le atormenten dolores y alcance la verdad,
y el tiempo maniaco siga esparciendo el polvo,
y la vida furiosa siga arrojando flamas.
Permanece a mi lado,
cuando vaya apagándome y puedas señalarme el final de mi lucha,
y en la cabecera de los días eternos
en el bajo y oscuro borde de la vida.
Arrepentimiento. Eso es lo que percibo en las dos poesías de un par de maestros sudamericanos que a continuación comparto con vosotros, fieles bastardos. Estaréis pensando “joder chaval, no te agobies, ¡que solo llevas veinte años pateados!”. ¡Pues yo me agobio! Borges, por un lado y Márquez por otro así expresan la desazón, el desaliento y desconsuelo que sienten al atisbar, antes inapreciables, las puertas del matadero por donde todos hemos de pasar. Y pienso yo, ¿no debería ir teniendo presente que he de aprovechar hasta la más sencilla de las cosas de nuestra vil rutina? Mi objetivo es llegar al punto alcanzado por ellos y poder escribir un poema, cuando los achaques casi no me lo permitan, que acabe con “Y mi vida, ahora cuasi extinta, ha sido aprovechada hasta el último puto minuto”. Eso es. Exprimid, amiguitos, exprimid. Que la letanía de los años no pasa en balde, que la continuidad de alineación de los astros no es cosa de críos, que fui a por harina de otro costal y me dieron largas. Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años...
y sé que me estoy muriendo.
Jorge Luis Borges – Instantes Así de crudos nos materializa el de Buenos Aires sus frívolos pensamientos en su vejez más avanzada. Indiferencia hacia lo malo, concentración en lo bueno. Borges mezcla un cóctel de oposiciones, deseos reprimidos pero tardíos y cierto odio a no haber permitido la libre expansión de sus instintos cuando debía haberlo hecho. Aquí viene la segunda bomba:
Si por un instante Dios se olvidara
de que soy una marioneta de trapo
y me regalara un trozo de vida,
posiblemente no diría todo lo que pienso,
pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen,
sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más,
entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos,
perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen,
Despertaría cuando los demás duermen.
Escucharía cuando los demás hablan,
y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.
Si Dios me obsequiara un trozo de vida,
vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol,
dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón,
escribiría mi odio sobre hielo,
y esperaría a que saliera el sol.
Pintaría con un sueño de Van Gogh
sobre las estrellas un poema de Benedetti,
y una canción de Serrat sería la serenata
que le ofrecería a la luna.
Regaría con lágrimas las rosas,
para sentir el dolor de sus espinas,
y el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida...
No dejaría pasar un solo día
sin decirle a la gente que quiero, que la quiero.
Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos
y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están,
al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen,
sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas,
pero le dejaría que él solo aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la muerte
no llega con la vejez sino con el olvido. ¡Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres…!
He aprendido que todo el mundo quiere vivir
en la cima de la montaña,
sin saber que la verdadera felicidad está
en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido
aprieta con su pequeño puño,
por vez primera, el dedo de su padre,
lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre
sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo,
cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes,
pero realmente de mucho no habrán de servir,
porque cuando me guarden dentro de esa maleta,
infelizmente me estaré muriendo.
Gabriel García Márquez – La marioneta
¿No se os han caídos los ojos al suelo? Yo los tuve que recoger llenos de porqueta porque el colombiano clava verdades en el tablero de la ceguera, tapando fugas, sellando oquedades de desesperanza. Especialmente, los dos versos en negrita flagelan el sosiego. ¡Tiene toda la razón del mundo! Y Robe, en su libro, lo deja caer cuando habla de unos chimpancés en la selva al afirmar que ellos, sus conversaciones y actos no existieron porque no existe ni su recuerdo. Y ahí radica, hoy por hoy, uno de mis principales objetivos: vivir en el recuerdo. ¿Cómo? Habré de ponerme manos a la obra desde ya, aunque es un proceso que puede desencadenarse en cualquier instante. ¿De qué forma? Haciendo algo por lo que no solo me recuerden dos o tres generaciones descendientes de mi familia sino unas miles de personas lo suficientemente grandes como para que satisfaga la egoísta voluntad de permanecer en el recuerdo, mas probablemente mi opinión vire en otro sentido cuando alcance la felicidad plena.
Buscad, buscadlos:
en el insomnio de las cañerías olvidadas,
en los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras.
No lejos de los charcos incapaces de guardar una nube,
unos ojos perdidos,
una sortija rota
o una estrella pisoteada.
Porque yo los he visto:
en esos escombros momentáneos que aparecen en las neblinas.
Porque yo los he tocado:
en el destierro de un ladrillo difunto,
venido a la nada desde una torre o un carro.
Nunca más allá de las chimeneas que se derrumban
ni de esas hojas tenaces que se estampan en los zapatos.
En todo esto.
Mas en esas astillas vagabundas que se consumen sin fuego,
en esas ausencias hundidas que sufren los muebles desvencijados,
no a mucha distancia de los nombres y signos que se enfrían en las paredes.
Buscad, buscadlos:
debajo de la gota de cera que sepulta la palabra de un libro
o la firma de uno de esos rincones de cartas
que trae rodando el polvo.
Cerca del casco perdido de una botella,
de una suela extraviada en la nieve,
de una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio.
Leones en la calle y vagando
perros en celo, rabiosos y llenos de espuma.
Una bestia enjaulada en el corazón de la ciudad.
El cuerpo de su madre
pudriéndose en el suelo en verano.
Él huyó de la ciudad,
fue hacia el sur y cruzó la orilla.
Dejó el caos y el desorden,
les dio la espalda.
Una mañana él despertó en un hotel verde
con una extraña criatura gimiendo a su lado.
El sudor escurrió desde su frente brillante.
¿Están todos?
La ceremonia está a punto de comenzar
¡Despierten!
¿No puedes recordar dónde fue?
¿Ha parado este sueño?
La serpiente era pálida,
satinada y encogida.
Teníamos miedo de tocarla.
Las sábanas eran ardientes prisiones muertas
y ella estaba a mi lado
vieja, ella no es... joven.
Su oscuro pelo rojizo,
su suave piel blanca.
Ahora, corre al espejo del baño.
¡Mira!
No puedo vivir a través de cada siglo de sus lentos movimientos.
Dejé mi mejilla resbalar hacia abajo
al agradable y suave azulejo.
Siento bien la fría mordedura en la sangre,
el suave silbido de las serpientes en la lluvia.
Una vez tuve un jueguito,
me gustaba cómo se arrastraba en mi cerebro.
Creo que sabes del juego del que hablo.
Hablo del juego llamado "Volverse loco".
Ahora deberías tratar de jugarlo.
Solo cierra tus ojos, olvida tu nombre.
Olvida al mundo, olvida la gente,
y erigiremos una torre distinta.
Este jueguito es divertido.
Solo cierra tus ojos, no hay manera de perder.
Estoy aquí, también voy a jugar.
Relájate, estamos abriéndonos paso.
Retrocedamos a lo más profundo del cerebro,
regresemos a donde nunca hubo dolor.
Y la lluvia cae suavemente en la ciudad
y en el laberinto de arroyos.
Abajo, la quieta presencia sobrenatural
de los nerviosos habitantes de las apacibles colinas alrededor
abundan reptiles,
fósiles, cuevas y cumbres frías.
Cada casa repite un molde
con ventanas laminadas
un carro con bestias encerradas en la mañana.
Todos duermen ahora.
Alfombras silenciosas, espejos vacíos,
polvo ciego bajo las camas de las parejas legítimas
envueltas en sábanas.
Sus hijas presumidas
con ojos de semen en sus pezones.
Espera....
Ha habido un sacrificio aquí.
(No pares de hablar o ver alrededor,
tus guantes y abanico están en el piso.
Estamos saliendo de la ciudad,
nos escaparemos
y quiero que tú vengas conmigo).
No toques la tierra.
No veas el Sol.
No hay nada más que hacer que
huir, huir, huir.
Huyamos.
Una casa sobre la colina.
La Luna descansa tranquila.
Las sombras de los árboles
son testigos de la salvaje brisa.
Vamos nena huye conmigo.
Huyamos.
La mansión es cálida en lo alto de la colina.
Las habitaciones son lujosas y confortables.
Rojos los brazos de los lujosos sillones
y no sabrás nada hasta que estés adentro.
El cadáver del Presidente en el carro del chófer,
el motor corre con cola y alquitrán.
Ven, no vamos muy lejos,
al Este a conocer al Zar.
Algunos bandidos vivían en la orilla del lago.
La hija del ministro está enamorada de la serpiente
que vive en un pozo junto a la carretera
¡Despierta niña! Casi estamos en casa.
Deja las campanas sonar,
deja a la serpiente cantar.
Deja todo.
Hemos bajado
por ríos y autopistas.
Hemos bajado
por bosques y cascadas.
Hemos bajado
de un fénix esclavizado
y puedo decirte
los nombres del reino.
Puedo decirte
las cosas que sabes
escuchando un puñado de silencio,
escalando valles en oscuridad.
Soy el Rey Lagarto
y puedo hacer lo que quiera.
Puedo hacer que la tierra pare en su pista,
hacer que los carros azules se vayan.
Por siete años habité
en el perdido Palacio del Exilio,
jugando extraños juegos
con las chicas de la Isla.
Ahora regreso de nuevo
a la isla del justo, del fuerte y el sensato.
Hermanos y hermanas del pálido bosque
o hijos de la noche.
¿Quién de ustedes se unirá a la caza?
Ahora la noche llega con su legión púrpura.
Regresen a sus tiendas y a sus sueños,
mañana entraremos a la ciudad donde nací.
Quiero estar listo. a
Perdón por el retraso. Ya sabes como está la ciudad, llena de claxons.
La gente vuelve a la realidad de la oficina o de la tienda o de la fábrica y por qué no habrá paz en la mágica soledad de un atasco.
Sentémonos. Miremos la carta. Te he escrito algo porque te he echado en falta. Te lo leo en el postre porque sé que que te encanta eso de que haga deporte mental y, aunque me dé corte, lo comparta.
Cuando más harto creo estar vienes tú y me salvas; me cargas.
Tú de espantar el mal te encargas; me das gas. Me amas más que mis fantasmas; que tú a mis miedos te los pules con un dedo.
Por ti, por mí y porque el mundo es nuestro. Tú no me abandones que yo ya haré el resto. Pongo a este vino de testigo y seguiré siguiéndote más si quiero ser honesto contigo.
Yo sé más del deseo que de la satisfacción y sé que tú aún estás por conquistar, pero esa es mi emoción. Hoy te abres ante mí como un universo vestida de piano y saxofón para la ocasión. Sexo con, tu violador consentido. ¿Mi pretexto? Esta cena contigo.
Me da igual lo que digan yo te quiero como eres... erre a pe y sé que tú también me quieres.
He aprendido, de estar solo, a llorar sin molestar,
y a cagarme en los calzones y a dudar.
La verdad sólo tiene un sentío, no me obligues a engañar;
si te crees todas mis mentiras, ¡qué vacío debes estar!
Morir sólo una vez va a ser poco para mí.
El diablo me ha cogido miedo y no me deja entrar.
Desafiar la perspectiva del fracaso a la que estamos condenados.
Me estoy reformando: te miro, me hincho,
me tiro a los cactus desnudo pero no me pincho.
Me estoy reformando todas las mañanas
y, ahora, hago siempre todo lo que me da la gana.
Y saborear, si tú le das, todo tiene sentido.
Y, al despertar, te voy a contar cositas al oído.
Por volver como eres; por volver como somos,
por la inmensa sonrisa de tus cansados ojos,
por volver donde alguien te quiere sin que vuelvas,
por poner a los míos con un poco más de luz.
Cuando su mirada se ha cruzado con la mía,
saltó sólo una chispa y, prendieron tantos fuegos,
que se fue la luz del día; arrasamos los bosques;
también vi como ardían los nidos en los postes.
Me voy a recortar en punta las orejas y
me voy a echar al monte a aullar entre la maleza.
Volver: no dudaría; ahora soy yonqui a mi manera.
Ya no quiero tu amnistía: puedo morir donde quiera.
Salto montañas; no paro ni a mirar patrás.
Quítame el precio y la fecha de caducidad.
Yo ya no me escondo. Ya no me tengo que agarrar
como vosotros: presos de lo convencional.
Cada mañana me tiro de la cama buscando una razón.
Muy despacito, me pongo los calzoncillitos y estoy mucho mejor.
¡Qué pena no estuvieras para ver el cuerpo que me dio Dios!
Busco colillas, me saco las albondiguillas... ¡otro ataque de tos!
No recuerdo nada... ¡Hostia, anoche, qué pasada! Aquello no era yo.
¡Qué pena no estuvieras para ver la marcha que me dio Dios!
Y ya nunca más volverán mis ojos a ver tus ojos y tu mata de pelo.
Y allí, desde lo lejos, van llegando los viejos recuerdos en ráfagas lentas de viento.
Y ya nunca más volverán mis ojos a ser tus ojos y mi mente un vertedero. Y allí, desde lo lejos, van llegando los viejos recuerdos tan royéndome por dentro.
Daría un río de mi sangre si quisiérais ejércitos enteros claudicar.
Hay guerra en todas las partes. Yo sólo pienso en tocarte.
La vida desperdiciada. Tanta lefa para nada.
Me acuesto de día, cuando llega la luz, y tengo claro que no quiero ser como tú.
Ni me olvido, ni me acuerdo. No he dormido y tengo hambre.
¡Ten cuidado, no me toques, no te vaya a dar calambre!
Inmóviles, clavadas, mudas mujeres de los zaguanes
y hombres sin voz, lentos, de las bodegas,
quieren, quisieran, querrían preguntarme.
- ¿Cómo tú por aquí y en otra parte?
Querrían hombres y mujeres, mudos, tocarme,
saber si mi sombra, si mi cuerpo, andan sin alma
por otras calles.
Quisieran decirme:
- Si eres tú, párate.
Hombres, mujeres, mudos, querrían ver claro,
asomarse a mi alma,
acercarle una cerilla
por ver si es la misma.
Quieren, quisieran...
- Habla.
Las calles desbordadas de soledad
musitan su canción de asfalto y humedad.
La lluvia de gentes cesó a las doce
y los escaparates, a oscuras, consumen la noche.
La calle, helada, no deja de gemir.
Susurra, me grita y me aleja más de ti.
Através del cristal de mis gafas no entiendo ¿qué coño tienes dentro?
¿Y a quién agobias tú?
Mi cerebro es asfalto; mi rostro, cemento.
Las palabras forman grilletes de brillante hielo.
Suda mi piel y lubrifica mis malos pensamientos.
Ya no puedo caminar recto desde hace tiempo.