Poeta y basura

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“En el jardín hay un cerezo dormido, pero parece muerto. Este otoño comenzó a sentirse apático, y la dejadez se apoderó de su espíritu. La vida, cansada de verle abúlico y desastrado, decidió que lo mejor sería que se tomaran un tiempo para reflexionar sobre su relación, y se marchó de vacaciones, dejándole en un estado de abatimiento que hizo que se fuera consumiendo poco a poco hasta que acabó por convertirse en lo que es ahora: el aletargado esqueleto de un cerezo; una osamenta de madera clavada al suelo, que solo espera que regrese la vida”.

martes, 1 de marzo de 2011

Don de la ebriedad (comentario)

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo ―esto es un don―, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.


Claudio Rodríguez

Antes de empezar, es necesario señalar que, en “El don de la ebriedad”, el zamorano Claudio Rodríguez plasma en sus versos características de la lírica que la hacen brillar por lo que es.

Técnicamente, este poema presenta ciertos rasgos que no pueden ser pasados por alto. En primer lugar, queda patente y consagrado el detenimiento del tiempo, el alto del transcurso de un inalienable devenir, el carácter tempestivo pausado inherente al género lírico. El poeta nos está mostrando el momento exacto en el que siente algo, tal y como queda demostrado, por ejemplo, en:

“Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.

Como yo, como todo lo que espera.”

De esta forma, el autor desgarra su “yo interior” y lo plasma en las presentes líneas. Resulta imprescindible percatarse de que, al escribirlo, el momento en el que lo sintió ya ha pasado. El poeta se halla, en un estado de calma, tratando de imitar la sensación experimentada, procurando materializarlo en palabras en aras de ser capaz de transmitirlo. En mi opinión, su “yo ahora” conoció un cénit, de entre muchos, antes de escribir y, aunque pueda que erre en tal afirmación, me declaro partícipe de la idea de que jamás los productos de la mímesis se equipararán a la certeza de la realidad vivida. Normal Mailer sostenía que la densidad poética de la lírica radicaba en el detenimiento del tiempo. Si esto es cierto, consecuentemente podemos decir que “El don de la ebriedad” ostenta una densidad considerable. En segundo lugar, la estética juega un papel relevante, pues si la unimos a la connotación que encierra y con la que nos transmite sensaciones (véase “¿Quién hace menos creados cada vez a los seres? / ¿Qué alta bóveda los contiene en su amor?”), nos percatamos de que todo adjetivo desempeña una función específica. Se podría pensar que algunos son gratuitos pero, sin embargo, no es cierto. Su colocación se encuentra lejos de ser arbitraria: están ahí porque el poeta quiso, porque quería transmitir un mensaje de ese modo y no de otro, porque deseó que su trabajo, traducido en un conjunto de símbolos, signos y objetos estéticos, fuese gestado de esa manera. Si resulta verdadera la sentencia de que la poeticidad de una obra se encuentra en la cantidad de connotaciones que despierta, la que ahora escrutamos sería el despertador de las connotaciones. En tercer lugar, es preciso abordar que, en relación con lo mencionado anteriormente y con la teoría de la creación de Bécquer, probablemente el poeta cuando escribe no siente con los nervios sino de una manera artificial, ya que el sentimiento fue interior y, todo lo que inspiró, cosa pasada. A mi parecer, se puede incluso apreciar, como hacía el romántico, una relación con la mujer (“Si tú la luz te la has llevado toda, / ¿cómo voy a esperar nada del alba?”), ya que, en algunos versos, deja caer preguntas que no precisan respuesta, causadas por el amor y para dar respuesta a instintos, sueños, pasiones, etc. En cuarto lugar, en cuanto a los aspectos estilísticos, estimo que en “El don de la ebriedad” se mezclan los tres aspectos de la mente humana, ya que parece que Claudio Rodríguez primero sintió, luego experimentó sentimientos hacia otro/a y hacia sí mismo y acabó uniéndolo todo en el aspecto imaginativo. Además, los tres últimos versos (“ebria persecución, claridad sola / mortal como el abrazo de las hoces, / pero abrazo hasta el fin que nunca afloja”), desprenden, una vez más, desde la más pura opinión subjetiva, cierto regusto existencialista, un amargo buqué en el que el poeta aparentemente atravesó una locura, un delirio que le ata al incandescente recuerdo de que ineludiblemente se es mortal, de que ni aflojará ni amainará jamás nuestra naturaleza transitoria, que el final acaba siendo un abrazo a lo incondicional a la, en definitiva, ley de vida y muerte.

En conclusión y a modo de cierre, conviene señalar dos puntos: por un lado, se está narrando no lo sucedido, sino lo que podría suceder según lo verosímil y lo necesario y, por otro, Claudio Rodríguez está claramente transformando el mundo como más le gusta, aferrándose a algo fuera del contexto artístico y esculpiendo maravillas con ello.

Nítsuga Sotso Anibor (comentario de fin de semestre para Literatura)

10 comentarios:

  1. Después de varias lecturas he de decir que a mí me da que habla de las pasiones, en general, de la incapacidad del ser humano de resistirse a ellas, te invaden al máximo, te dominan más allá de las razones y las leyes naturales. Las pasiones, que en un momento dado se apoderan de nuestro juicio, nos provocan e irremediablemente sucumbimos a ellas y cuando las saboreamos ya podemos morir en paz. Ya hemos vivido.

    Pero bueno...cada uno lo interpreta según necesidades propias, ahí reside el valor del arte.

    Me gustan tus reflexiones y que nos hagas participar en ellas.

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  2. No sabría qué me ha gustado más, si el poema o la explicación sobre el mismo. Soy de los que piensan que, lejos de entorpecer o envilecer, este tipo de comentarios bien llevados potencian la pieza poética.
    Muy bueno, muy buen curro, a mí modo de ver.
    Yo creo que habla de la luz. La luz con un significado múltiple: la luz como vida, como llama, como esperanza, como ciclo.

    Y, quizás hable de un momento pasado, pero también presente y futuro, ya que cada día amanece y nos podemos reconocer en el "mi boca
    espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
    ebria persecución..." Somos seres vivos, y habría que serlo felizmente.
    Me ha recordado otro poeta, a Jorge Guillén y aquel poema suyo del alba.

    Fantástica entrada y fantástico hallazgo. Claudio Rodríguez.

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  3. uuufffff!! lo que pienso? sos grande Agustín!! grande!! te abrazo...

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  4. Si tú la luz te la has llevado toda,
    ¿cómo voy a esperar nada del alba?

    Demoledor.

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  5. Qué razón tenía el profesor de Legislación cuando el otro día en clase comentó que muchos estudiantes de Derecho esconden a un gran poeta. Tú no lo escondes, lo eres.

    Un besote!

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  6. Agustín, hacía mucho que no pasaba por aquí, es un placer volver a leerte. Gran texto.
    Un abrazo.
    Humberto.

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  7. Aina, es cierto. Tiendo a pensar que cada uno puede sarle significado a un texto dependiendo de multitud de variables (tiempo, experiencias, sensaciones... etc). Es lo increíble de la literatura. Siempre será distinta.

    Igor, gracias por el reconocimiento. Espero que el profesor en cuestión piense como tú jaja. A decir verdad, a veces los comentarios conjuntos ayudan al entendimiento que creíamos haber alcanzado. Todo mentira. Siempre hay más. Esto es solo el iceberg. ¿Quién sabe lo que de verdad sintió Don Claudio? Eso es lo que me apasiona. ¿Quién se atreverá a aventurar qué experimenté yo al escribir?

    Mónica, ¿aún estudiante? ¡Pensaba que trabajabas! Ayyy compañera qué jóvenes años vivimos y qué poco les resta.

    Al resto, gracias por vuestros comentarios :)

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  8. Sinceramente,no me ha gustado tu comentario. Demasiadas palabras rebuscadas y poca claridad...justo la que reclama C. Rodríguez.

    Está claro que la claridad-valga la redundancia-es una metáfora...El cristianismo y muchas religiones-ya el Ra egipico-hablan de luz y claridad como símbolo de divinidad. ¿ Qué puede ser el término real al que C.Rodríguez se refiere con esta metáfora? no sabemos; quizá esperanza, quizá alegría...
    "Siempre la claridad viene del cielo;
    es un don: no se halla entre las cosas..."

    y repite al final, refiriéndose a la esperanza como don:

    "Y, sin embargo ―esto es un don―, mi boca
    espera, y mi alma espera, y tú me esperas."

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  9. Hola amigos! comparto esta reflexión. Espero les guste mi blog... éxitos!!

    http://goo.gl/LXs8si

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