No sé lo que es una casa.
¿Es un abrigo?
¿O es un paraguas por si llueve?
La he llenado de botellas, harapos y patos de madera.
Cortinas, habanicos.
Pareciera que nunca la quiero dejar,
luego es una jaula
que aprisiona al que pase por ahí,
hasta a un pájaro como tú,
sucio con nieve.
Pero lo que ambos sabemos:
es tan ligero que no puede ser encerrado.
Poema de Tonino Guerra a Andrei Tarkosvky en "Tempo di viaggio"
Poeta y basura
a
“En el jardín hay un cerezo dormido, pero parece muerto. Este otoño comenzó a sentirse apático, y la dejadez se apoderó de su espíritu. La vida, cansada de verle abúlico y desastrado, decidió que lo mejor sería que se tomaran un tiempo para reflexionar sobre su relación, y se marchó de vacaciones, dejándole en un estado de abatimiento que hizo que se fuera consumiendo poco a poco hasta que acabó por convertirse en lo que es ahora: el aletargado esqueleto de un cerezo; una osamenta de madera clavada al suelo, que solo espera que regrese la vida”.
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía propia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía propia. Mostrar todas las entradas
viernes, 23 de agosto de 2013
jueves, 22 de noviembre de 2012
Luna enemiga, de Rafael Alberti
Uno empieza de pequeño con Mortadelo y Filemón, luego pasa a Julio Verne, primero, a Tolkien después y luego se abre una senda que cada uno camina particularmente. En España, Rafael Alberti es uno de los primeros que se empieza a digerir en poesía a edades tempranas (o, al menos, así fue mi caso). Por eso, no viene mal, de vez en cuando, recordar esos poemas angélicos con los que volamos.
Como al chocar los astros contra mi pecho no veía,
fui hundiéndome de espaldas en los cielos pasados.
Diez reyes del otoño contra mí se rebelaron.
Ángeles y traiciones siempre aclaran caídas.
Una hoja, un hombre.
En tu órbita se quemaba mi sangre, Luna enemiga.
Salvadme de los años en estado de nebulosa,
de los espejos que pronunciasen trajes y páginas desvanecidos,
de las manos estampadas en los recuerdos que bostezan.
Huid.
Nos entierran en viento enemigo.
Y es que mi alma ha olvidado las reglas.
fui hundiéndome de espaldas en los cielos pasados.
Diez reyes del otoño contra mí se rebelaron.
Ángeles y traiciones siempre aclaran caídas.
Una hoja, un hombre.
En tu órbita se quemaba mi sangre, Luna enemiga.
Salvadme de los años en estado de nebulosa,
de los espejos que pronunciasen trajes y páginas desvanecidos,
de las manos estampadas en los recuerdos que bostezan.
Huid.
Nos entierran en viento enemigo.
Y es que mi alma ha olvidado las reglas.
Rafael Alberti - Luna enemiga
lunes, 29 de octubre de 2012
Despertar onírico
Cabalgando a ciegas –desbocado–
las horas que me acechan,
llegué a la cabaña del chamán.
“Has de seguir, hijo mío, la senda del águila
y sólo si tu corazón es de seda
atisbarás la huella del sol
cuando su mirar abrasa”.
Desconcertado,
me encaminé a los abruptos riscos de la región
y allí, desde lo alto, decidí saltar en busca del vuelo
que se repetía en mis sueños.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
las horas que me acechan,
llegué a la cabaña del chamán.
“Has de seguir, hijo mío, la senda del águila
y sólo si tu corazón es de seda
atisbarás la huella del sol
cuando su mirar abrasa”.
Desconcertado,
me encaminé a los abruptos riscos de la región
y allí, desde lo alto, decidí saltar en busca del vuelo
que se repetía en mis sueños.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
sábado, 20 de octubre de 2012
Ciudadela
¡Ah del alma! ¿Quién va?
Un jinete de fuego.
Un caballero sin destino.
Un centinela de pozos olvidados.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
Un jinete de fuego.
Un caballero sin destino.
Un centinela de pozos olvidados.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
miércoles, 4 de julio de 2012
El jaguar
Cuando el jaguar abandona su guarida
caminando hacia lo incierto de la selva,
teme la tierra que pisa porque solo a ella
la conoce.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
caminando hacia lo incierto de la selva,
teme la tierra que pisa porque solo a ella
la conoce.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
sábado, 21 de abril de 2012
Primavera
Como grazno de lluvia, como una playa seca,
como los buitres que acechan al ocaso de la vida,
esperan los lobos ser acariciados por la niebla,
que la hora de bailar con las estrellas no está escrita.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
como los buitres que acechan al ocaso de la vida,
esperan los lobos ser acariciados por la niebla,
que la hora de bailar con las estrellas no está escrita.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
jueves, 15 de marzo de 2012
Luces de ciudad
Mañana los pájaros cantarán
aunque nadie los escuche,
tiñendo de esperanza
el oído de los hombres.
Mil veces matarían aquellos
que esculpen corazones;
mil y una los que a sí mismos
aún se buscan.
¡Luz dichosa y luz de harina!
La lucha recién empieza,
muerta en ojos es la Luna.
Hermanito, que yo nací bañado
en sangre, misma sangre
que mi aire anega.
Hermanito, que en la jungla
hay salvajes. Sé cauto, te lo ruego.
Luces de ciudad huyen
bailando por el mar;
luces de marfil en esta
metrópoli maldita.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
aunque nadie los escuche,
tiñendo de esperanza
el oído de los hombres.
Mil veces matarían aquellos
que esculpen corazones;
mil y una los que a sí mismos
aún se buscan.
¡Luz dichosa y luz de harina!
La lucha recién empieza,
muerta en ojos es la Luna.
Hermanito, que yo nací bañado
en sangre, misma sangre
que mi aire anega.
Hermanito, que en la jungla
hay salvajes. Sé cauto, te lo ruego.
Luces de ciudad huyen
bailando por el mar;
luces de marfil en esta
metrópoli maldita.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
miércoles, 15 de febrero de 2012
El viejo tertuliano
Como luz que huye en medio de la noche,
emprendiste tu andar hacia el corazón
de los crepúsculos.
“Pocos quedan como tú”, pensé.
Desvencijado, herido en tiempos tal vez,
con arrebol pronunciado y sonrisa de arlequín,
caminaste cuesta arriba exhalando dragones
con tu pipa.
Te alejabas paso a paso, paso a paso, paso a paso
jugando con tu barba encanecida y
caminando alfombras de sueños olvidados,
te detuviste y dudaste
–consciente de no por siempre–
al arrullo de la brisa.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
emprendiste tu andar hacia el corazón
de los crepúsculos.
“Pocos quedan como tú”, pensé.
Desvencijado, herido en tiempos tal vez,
con arrebol pronunciado y sonrisa de arlequín,
caminaste cuesta arriba exhalando dragones
con tu pipa.
Te alejabas paso a paso, paso a paso, paso a paso
jugando con tu barba encanecida y
caminando alfombras de sueños olvidados,
te detuviste y dudaste
–consciente de no por siempre–
al arrullo de la brisa.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
viernes, 3 de febrero de 2012
El gesto
Solo queda el gesto
de la paloma emprendiendo el vuelo,
del chistido del agua sobre la candela
o la sonrisa guardada de la mujer que amaste.
Quedan en los sueños agujeros,
ceniza en la memoria
y paseos demasiado tarde.
Yo creo que no por sastre
teje la muerte nuestro sendero
ni que la vida cobre sentido
si no siguiéramos los impulsos.
Verde, amarillo, gris…
qué importa el color de la duda humana
si, al final, solo queda el gesto.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
de la paloma emprendiendo el vuelo,
del chistido del agua sobre la candela
o la sonrisa guardada de la mujer que amaste.
Quedan en los sueños agujeros,
ceniza en la memoria
y paseos demasiado tarde.
Yo creo que no por sastre
teje la muerte nuestro sendero
ni que la vida cobre sentido
si no siguiéramos los impulsos.
Verde, amarillo, gris…
qué importa el color de la duda humana
si, al final, solo queda el gesto.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
miércoles, 25 de enero de 2012
Vuelo perezoso de poeta
Con el rostro alicaído de Einstein
en el corcho de mi cuarto,
pienso que mi vida es mía
y que es mejor ensuciarse que morir
calzado.
Ni en el firmamento mil lunas
como tampoco aquí farolas
imitando estrellas, anunciarán el suelo
de mi siguiente paso.
Los poetas somos libres
para llenar nuestros pulmones
de alientos soleados, de versos de colores,
¡y tan felices en la tormenta y en el barro!
Déjame jugar
en mi cenagal de pianos encorvados,
donde cada tecla es una nota y cada nota
una lengua de estropajo.
Igual que temen las bajas flores
perecer entre el oleaje de la hierba,
quisiera yo –corazón todo– echar alitas
y salir volando.
Mira cuántos
vivieron y ni se enteraron:
por ello me despierto
con mordiscos en los ojos
y la vida huyendo entre mis manos.
Y aunque a menudo no sepa bien quién soy,
tranquilo yo por guardarme fiel.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
en el corcho de mi cuarto,
pienso que mi vida es mía
y que es mejor ensuciarse que morir
calzado.
Ni en el firmamento mil lunas
como tampoco aquí farolas
imitando estrellas, anunciarán el suelo
de mi siguiente paso.
Los poetas somos libres
para llenar nuestros pulmones
de alientos soleados, de versos de colores,
¡y tan felices en la tormenta y en el barro!
Déjame jugar
en mi cenagal de pianos encorvados,
donde cada tecla es una nota y cada nota
una lengua de estropajo.
Igual que temen las bajas flores
perecer entre el oleaje de la hierba,
quisiera yo –corazón todo– echar alitas
y salir volando.
Mira cuántos
vivieron y ni se enteraron:
por ello me despierto
con mordiscos en los ojos
y la vida huyendo entre mis manos.
Y aunque a menudo no sepa bien quién soy,
tranquilo yo por guardarme fiel.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
sábado, 21 de enero de 2012
Sol de invierno
Bajó la persiana el cielo
y azul, ¡tan azul!,
dejó en el mar su beso.
Como abraza la nieve
al agua,
derritiéndose en sus huesos,
llegó a mi ventana el alba
con peineta larga de luceros.
Sopló embravecido el viento
de secretos esparcidos
y guiñando el ojo
al sol de invierno
se recostó en su retiro
por los campos.
¡Y no fueron dos,
sino mil los años! Que
croaron las montañas
a la tierra adormecida.
Serán las flores amarillas…
quizás el tiempo, o a lo mejor el llanto,
los que nos lleven de la mano
a la charca nuestra que es la vida.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
y azul, ¡tan azul!,
dejó en el mar su beso.
Como abraza la nieve
al agua,
derritiéndose en sus huesos,
llegó a mi ventana el alba
con peineta larga de luceros.
Sopló embravecido el viento
de secretos esparcidos
y guiñando el ojo
al sol de invierno
se recostó en su retiro
por los campos.
¡Y no fueron dos,
sino mil los años! Que
croaron las montañas
a la tierra adormecida.
Serán las flores amarillas…
quizás el tiempo, o a lo mejor el llanto,
los que nos lleven de la mano
a la charca nuestra que es la vida.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
domingo, 8 de enero de 2012
Sombra triste de sauce
A José María Torrijos, Gran Dux en tiempos difíciles
Con miedo joven
como el de sentir la muerte,
se desperezan los charcos tras la resaca de la noche,
amilanándose en su cuna de tierra sucia,
calentando la esperanza de no secarse.
A quien abriga el relente del camino
le seguirán las llamas a su tumba
porque no puede pisarse sin ser pisado
ni florecer la jungla sin sol ni lluvia.
Qué será de los cuerpos en ceniza,
¿a cuánta gente habré respirado?
No se es más si no se ha sido antes,
antes no se fue si no se soñó con fuerza.
“¡Tantos secretos hallé oteando las estrellas!”,
bisbisó el sauce digno,
mas el bosque aguardó silente:
tal el vértigo del hombre sabio.
¡Embebed el viento y cantad los años!
Que se nutra la tierra de nosotros mismos;
pues aun si fuese cierto que el no-nato nunca fue,
yo vi algún que otro hueco,
asientos vacíos
y hasta besos fiados.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
Con miedo joven
como el de sentir la muerte,
se desperezan los charcos tras la resaca de la noche,
amilanándose en su cuna de tierra sucia,
calentando la esperanza de no secarse.
A quien abriga el relente del camino
le seguirán las llamas a su tumba
porque no puede pisarse sin ser pisado
ni florecer la jungla sin sol ni lluvia.
Qué será de los cuerpos en ceniza,
¿a cuánta gente habré respirado?
No se es más si no se ha sido antes,
antes no se fue si no se soñó con fuerza.
“¡Tantos secretos hallé oteando las estrellas!”,
bisbisó el sauce digno,
mas el bosque aguardó silente:
tal el vértigo del hombre sabio.
¡Embebed el viento y cantad los años!
Que se nutra la tierra de nosotros mismos;
pues aun si fuese cierto que el no-nato nunca fue,
yo vi algún que otro hueco,
asientos vacíos
y hasta besos fiados.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
viernes, 6 de enero de 2012
Lento magma
Como el fuego, como volcanes heridos,
desde los riscos de otros cielos
o más allá de luz robada,
aleteó tres veces el jaloque adormecido.
Pregonando cabelleras de falso terciopelo,
trajo el ponto su secreto azul
aquel día en que rabió la niebla.
Por cada camino blanco, cada senda negra,
hay mil rufianes de daga carmesí
y dragones que atesoran ébano.
El rumor constante, pasajero, –quizás dudo–,
cosido en piruetas navajeras,
fue semejante al despertar frío.
Por eso, con el rostro huidizo, errante,
huye toda estrella de su reflejo esquivo;
así, suelen cantar y correr, correr y festejar
las vidas en las que ya no vivo.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
desde los riscos de otros cielos
o más allá de luz robada,
aleteó tres veces el jaloque adormecido.
Pregonando cabelleras de falso terciopelo,
trajo el ponto su secreto azul
aquel día en que rabió la niebla.
Por cada camino blanco, cada senda negra,
hay mil rufianes de daga carmesí
y dragones que atesoran ébano.
El rumor constante, pasajero, –quizás dudo–,
cosido en piruetas navajeras,
fue semejante al despertar frío.
Por eso, con el rostro huidizo, errante,
huye toda estrella de su reflejo esquivo;
así, suelen cantar y correr, correr y festejar
las vidas en las que ya no vivo.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
domingo, 1 de enero de 2012
El viejo o Ernest Hemingway
Dormía el capitán
ofendiendo a los muros de la noche galopante.
Su voz bermeja descansaba
por encima de las espigas noqueadas,
a la espera de ser remolcado por el viento.
Mecido en las estepas de su cuna,
espantando los sueños ocres del ayer,
de repente, se sonrió chupándose
el dedo gordo como un niño,
floreciendo el arrebol en los cielos,
dejando atrás la tormenta del camino.
Igual que se calan en días de lluvia
los espíritus, encalla el sosiego
del que en cada albor se siente renacer.
Quizás para el capitán
la furia del mar fuese necesaria
para no olvidar que hasta el arrecife más afónico
esconde algún coral.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
ofendiendo a los muros de la noche galopante.
Su voz bermeja descansaba
por encima de las espigas noqueadas,
a la espera de ser remolcado por el viento.
Mecido en las estepas de su cuna,
espantando los sueños ocres del ayer,
de repente, se sonrió chupándose
el dedo gordo como un niño,
floreciendo el arrebol en los cielos,
dejando atrás la tormenta del camino.
Igual que se calan en días de lluvia
los espíritus, encalla el sosiego
del que en cada albor se siente renacer.
Quizás para el capitán
la furia del mar fuese necesaria
para no olvidar que hasta el arrecife más afónico
esconde algún coral.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
martes, 20 de diciembre de 2011
Teoría de los días
Como una virgen llora
a su hijo muerto,
querían saber de la vida
los ratones.
E la nave va, desafiante,
surcando almas,
pivotando sobre las palmas
del agua fría.
Las brumas bajas,
paseando luz de plata,
engullen la vista de todo hombre
y en círculos, como en danza,
honran la finitud del pensamiento.
¿Quién quiere un corazón
de estiércol si el mañana no se sabe?
Medusa se ve bella
en su espejo y ningún héroe osa a no
aullar si la oscuridad palpita.
¡Ay de los colores! ¡Ay de mis recuerdos!
Tan necesario
es morir como vivir para merecerlo.
Yo sé
que hay flores que planean
escalar el estrellato
y, desde arriba, apuñalarse
libres. También sé
que hay nubes inmarcesibles
y, por lo menos, días distintos.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
a su hijo muerto,
querían saber de la vida
los ratones.
E la nave va, desafiante,
surcando almas,
pivotando sobre las palmas
del agua fría.
Las brumas bajas,
paseando luz de plata,
engullen la vista de todo hombre
y en círculos, como en danza,
honran la finitud del pensamiento.
¿Quién quiere un corazón
de estiércol si el mañana no se sabe?
Medusa se ve bella
en su espejo y ningún héroe osa a no
aullar si la oscuridad palpita.
¡Ay de los colores! ¡Ay de mis recuerdos!
Tan necesario
es morir como vivir para merecerlo.
Yo sé
que hay flores que planean
escalar el estrellato
y, desde arriba, apuñalarse
libres. También sé
que hay nubes inmarcesibles
y, por lo menos, días distintos.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
martes, 6 de diciembre de 2011
Viejo druida
Secretos que verter
al pozo contaminado de mis ruinas
y, a lo lejos, un arcoíris nauseabundo.
Los árboles perdonan
al hacha, no a la mano
y, a lo lejos, trocó el cielo añil.
Qué vale más:
¿el amor o las ganas de no morir?
Dime, viejo druida.
Sí, al final siempre descienden
los deseos de la duda
y, cómo no, hay mares bajos en azúcar.
Uno, dos y hasta
tres cantos necesita
la montaña para abrirse.
No hubo quien sepa
el dolor del olvido eterno
ni la felicidad de rodar libre por el mundo.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
al pozo contaminado de mis ruinas
y, a lo lejos, un arcoíris nauseabundo.
Los árboles perdonan
al hacha, no a la mano
y, a lo lejos, trocó el cielo añil.
Qué vale más:
¿el amor o las ganas de no morir?
Dime, viejo druida.
Sí, al final siempre descienden
los deseos de la duda
y, cómo no, hay mares bajos en azúcar.
Uno, dos y hasta
tres cantos necesita
la montaña para abrirse.
No hubo quien sepa
el dolor del olvido eterno
ni la felicidad de rodar libre por el mundo.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Roja crin
Caminantes de arena: levantaos y andad
pues están por despertar los gigantes
de cada silencio.
Reyes del desierto, por donde
arden las palmeras, guardad
los senos de las dunas.
¡Oh, aurora nueva! ¿Qué será de mí mañana?
Qué de las olas muertas y
las no natas. Abriránse los océanos
entregándose puros al estrellato
y nacerán besos, sí, miles de besos
que robarán al mar el mar
y al cielo su secreto.
¡Cabalga conmigo rumbo al amanecer!
Rojas, fulgurantes las crines
de la vida para que,
en la fría luz del día,
nos atrevamos a pisar
el jardín sagrado.
Podré calentar la espada
con el labio pero,
igual que se queja la azada
del terreno ingrato,
riegan los años las asperezas
del pasado. ¿No me oís?
¡Siembro mi voz en vuestros campos!
Y nada recojo, nada.
Oh, ¡voz dormida!
Qué será de los oídos ahogados;
qué de ti, qué de mí… qué.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
pues están por despertar los gigantes
de cada silencio.
Reyes del desierto, por donde
arden las palmeras, guardad
los senos de las dunas.
¡Oh, aurora nueva! ¿Qué será de mí mañana?
Qué de las olas muertas y
las no natas. Abriránse los océanos
entregándose puros al estrellato
y nacerán besos, sí, miles de besos
que robarán al mar el mar
y al cielo su secreto.
¡Cabalga conmigo rumbo al amanecer!
Rojas, fulgurantes las crines
de la vida para que,
en la fría luz del día,
nos atrevamos a pisar
el jardín sagrado.
Podré calentar la espada
con el labio pero,
igual que se queja la azada
del terreno ingrato,
riegan los años las asperezas
del pasado. ¿No me oís?
¡Siembro mi voz en vuestros campos!
Y nada recojo, nada.
Oh, ¡voz dormida!
Qué será de los oídos ahogados;
qué de ti, qué de mí… qué.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
martes, 15 de noviembre de 2011
Prototipo roto
Ya hizo la escarcha de las suyas
congelando el rocío que toda flor
llora por el pasado.
Muy alto vuela
hacia el Campo de Marte
cada beso muerto y no dado;
amigo, la eternidad no espera,
rugir el tren solía y
recelosa la vida de los enamorados.
Ya hizo la lluvia de las suyas
mojando la sombra que la edad
proyecta hacia cipreses campos.
Lejos quedan
las sonrisas, la familia: lo heredado.
Normal que la tierra titirite
si desde cada marcha
no ha escampado; igual que una gota
busca a su madre nube, grito yo
por encontrarme en mi garganta
pues es triste ver cómo
todo buen padre de familia —no muy torpe,
tampoco avezado—
procura distraerse con diligencia.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
congelando el rocío que toda flor
llora por el pasado.
Muy alto vuela
hacia el Campo de Marte
cada beso muerto y no dado;
amigo, la eternidad no espera,
rugir el tren solía y
recelosa la vida de los enamorados.
Ya hizo la lluvia de las suyas
mojando la sombra que la edad
proyecta hacia cipreses campos.
Lejos quedan
las sonrisas, la familia: lo heredado.
Normal que la tierra titirite
si desde cada marcha
no ha escampado; igual que una gota
busca a su madre nube, grito yo
por encontrarme en mi garganta
pues es triste ver cómo
todo buen padre de familia —no muy torpe,
tampoco avezado—
procura distraerse con diligencia.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
domingo, 6 de noviembre de 2011
El paraguas
Desosegadas pero vehementes,
van a dar, nacidas en la Catarata del Ojo Húmedo,
lágrimas de zafiro sobre un paraguas negro.
Quisiera la nota viajar en botella,
rebelarse el águila de orgullo dolorido
o reflorecer los caminos levantados.
Queda mudo cada pie
cuando todos los espantapájaros
violan el aire con misereres; ciegos
los ojos de cada esquina.
Y yo
sucumbo —como el fracaso
de un chiste, como un sombrero
rasgueado— al descomponer
las teselas de lo oscuro.
No diré que no lloréis,
¿acaso se le puede pedir a
la sangre que no hierva?
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
van a dar, nacidas en la Catarata del Ojo Húmedo,
lágrimas de zafiro sobre un paraguas negro.
Quisiera la nota viajar en botella,
rebelarse el águila de orgullo dolorido
o reflorecer los caminos levantados.
Queda mudo cada pie
cuando todos los espantapájaros
violan el aire con misereres; ciegos
los ojos de cada esquina.
Y yo
sucumbo —como el fracaso
de un chiste, como un sombrero
rasgueado— al descomponer
las teselas de lo oscuro.
No diré que no lloréis,
¿acaso se le puede pedir a
la sangre que no hierva?
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
viernes, 4 de noviembre de 2011
Cronocidio
Cerróse en ciernes el firmamento
por la migración de estrellas:
¿palpó la marcha? ¿Susurró la boca?
Con así, solas las calles, caliente
la espera, nadie se atrevía
a preguntar.
Ya se saben las historias
recelosas de secretos…
¡amén a tanta prisa! ¡Voz
atada! ¡Cólera naciente!
¡Verdugo hastío! ¡Desidia —¿dónde
estás?— ley eres! Y, al final, suave…
suave brisa.
Pequeño, exiguo pozo de deseos:
¿qué lo es todo y nada es?
Rota, confusa, ¡oh preciosa vorágine
de lamentos! Lava mis heridas,
sécalas al viento.
Una, dos, tres…
infinitas, testarudas olas
acarician lo que no tienen:
eterno abrazo, patria propia.
Dime, ¿confía el desierto más desierto
en la bondad de la tormenta?
Reloj apuñalado,
horas muertas.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
por la migración de estrellas:
¿palpó la marcha? ¿Susurró la boca?
Con así, solas las calles, caliente
la espera, nadie se atrevía
a preguntar.
Ya se saben las historias
recelosas de secretos…
¡amén a tanta prisa! ¡Voz
atada! ¡Cólera naciente!
¡Verdugo hastío! ¡Desidia —¿dónde
estás?— ley eres! Y, al final, suave…
suave brisa.
Pequeño, exiguo pozo de deseos:
¿qué lo es todo y nada es?
Rota, confusa, ¡oh preciosa vorágine
de lamentos! Lava mis heridas,
sécalas al viento.
Una, dos, tres…
infinitas, testarudas olas
acarician lo que no tienen:
eterno abrazo, patria propia.
Dime, ¿confía el desierto más desierto
en la bondad de la tormenta?
Reloj apuñalado,
horas muertas.
Nítsuga Sotso Anibor © Todos los derechos reservados
Suscribirse a:
Entradas (Atom)